Cuando se jodió la educación en Chile

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Hace algunos meses un rector emérito de una prestigiosa universidad se preguntaba no sin razón si la educación chilena estaba dando una especie de examen de grado al observar los hechos y desmanes que ocurrían diariamente en la plaza Baquedano de nuestra capital, cometidos mayoritariamente por gente joven que no respeta nada ni a nadie.
Situación que nos obliga a reflexionar en profundidad acerca de sus orígenes, que datan a no dudarlo, de hace varias décadas. En mi modesta opinión, no especializada por cierto, pero testimonial como padre de familia, la educación se jodió en Chile desde el momento en que se eliminaron las Escuelas Normales que formaban profesores con real vocación y educaban a los niños en valores y principios fundamentales para una sana convivencia social durante los primeros cuatro años de educación general básica, inculcándoles la disciplina y el respeto por la jeraquía para que fueran hombres y mujeres de bien, respetuosos, responsables y disciplinados, valores firmemente afianzados en ellos para toda la vida.
Su ausencia se refleja hoy con meridiana claridad en quienes no respetan nada ni a nadie, reclaman todo tipo de derechos, incluso los más insólitos, y creen que cumplir sus deberes no es algo necesario, total siempre van a encontrar quienes van a justificar su desatinada conducta. Son justamente los que estuvieron “dando examen” en la plaza Baquedano; se miran el ombligo y se consideran no solamente poderosos sino que el centro del mundo, y por eso creen tener “derecho” a continuar causando los desórdenes y la destrucción por todos conocidos, ocultando su rostro para no ser reconocidos, no por vergüenza sino para no responder por sus actos en una actitud cobarde que los retrata de cuerpo entero. He aquí el lamentable resultado de una educación errática e indefinida, sin un sentido ni una orientación adecuada.
Todo ello agravado por un ambiente abiertamente hostil derivado de la falta de respeto a las leyes y a toda norma de convivencia social armónica, que para ellso nada significan. Actidud exacerbada a su vez hasta el climax por pasiones desatadas en que la violencia y el fanatismo más extremo han aprovechado a su favor el debilitamiento progresivo de las instituciones que regulan nuestra vida ciudadana. Situación que todavía avizoramos como una tarea pendiente, si consideramos que hasta ahora no vemos señales claras y evidentes de una mayor fortaleza de las intituciones que deberían revertir y canalizar adecuadamente la crisis social en que nos encontramos insertos. Crisis social que se nos apersona cada vez más como una “crisis humana”, cuyo trasfondo más trágico y evidente reside justamente en una mala educación. En otras palabras, el déficit radica en la “formación de “personas”, uno de cuyos acápites fundamentales radica en la ausencia de una educación cívica, moldeadora de las normas básicas de convivencia entre los ciudadanos y el respeto de los valores que sustentan una vida republicana orientada al bien común de nuestra sociedad.
El no comprender como estamos organizados como Estado y como país, en qué consiste el Estado de Derecho, cual es el rol de las instituciones fundamentales en que se sustenta, cuales son las reglas que rigen la relación entre estas instituciones y la sociedad civil, a través de las cuales se relaciona a su vez con los ciudadanos, conduce inevitablemente a la desorientación y un desorden en el que cada ciudadano cree tener derecho a crear y regirse por sus propias reglas, que es lo que estamos evidentemente observando.
Cuando no se comprende, asimila y acepta a través de un proceso no solamente educativo sino que debidamemente formativo, que no corresponde que cada actual decida y haga lo que se le ocurra, no se llega a comprender que un Estado y un país no se construye en el aire. Que requiere no solamente de cimientos firmes, que llamamos Constitución, sino además de una estructura definida que es necesario no solamente comprender sino que sobre todo respetar en su integridad. Todo ello se construye y adquiere no solamente como conocimiento sino que como un todo integrado a partir de los primeros años de la enseñanza básica en que se adquieren y sellan aquellos valores y principios que acompañaran a los educandos por toda su vida. Es la manera más adecuada para que se afiancen definitivamente en la vida de todo ciudadano que da sus primeros pasos, dado que es la etapa más maleable en su proceso de desarrollo como “persona”, no sólo como un receptor que hay que ir llenando exclusivamente de nuevos conocimientos.

Dr. Gonzalo Petit
Médico