
(Discurso tema libre de alumno de 4° Año Medio)
Buenos días o tardes a todos. Antes de empezar este discurso, tengo que confesarles algo: me costó mucho empezar este discurso. No es broma. Llevo un buen rato pensando qué tema hablar. Abrí el documento en blanco, escribí un tema, lo borré. Lo volví a intentar y nada. Escribí una frase distinta, también la borre Busqué el tema perfecto, el ejemplo perfecto, la anécdota perfecta, y mientras buscaba esa perfección, no avanzaba nada.
Y ahí, dándole vueltas al mismo párrafo por décima vez, me di cuenta de algo: lo que realmente me tenía atrapado no era la falta de un buen tema perfecto. Era que no me sentía libre de pensamiento para empezar sin que me saliera perfecto. Y esa, creo, es una cárcel bastante común: la de esperar el momento ideal, la versión perfecta de nosotros mismos, para recién ahí atrevernos a hacer algo más.
Porque no me pasa solo con este discurso. Me pasa con una elección, con empezar algo nuevo en general. El patrón siempre es el mismo: no es que la actividad en sí sea difícil, es que cruzar la línea de partida cuesta muchísimo más que la actividad misma, sobre todo si tienes dudas en realizar dichas actividades y estos son los claros ejemplos de ello.
Y creo que a la mayoría de ustedes les debe pasar algo parecido. Esa tarea que se posterga no porque sea imposible, sino porque no tienen una idea clara de cómo empezarla. Esa actividad a la que les dieron ganas de entrar, pero nunca dieron el primer paso porque “total todos los demás ya llevan ventaja” o “mejor cuando tenga más tiempo”. Esa conversación importante que se sigue aplazando porque nunca pareciera ser el momento ideal.
Durante mucho tiempo pensé que la libertad era otra cosa: hacer lo que uno quiera, cuando quiera, sin que nadie diga nada. Pero mientras más lo pienso, más me doy cuenta que la libertad de pensamiento más difícil de ejercer no es esa. Es la libertad de empezar sin permiso de la propia perfección. Es simplemente seguir con aquellos riesgos que tenemos que tomar para conseguir algo.
Con el tiempo entendí algo simple, pero que me costó aceptar: empezar mal es mejor que no empezar nunca. Este discurso que están escuchando ahora mismo casi no existió. Pudo quedarse para siempre como una idea a medio escribir en un computador. Pero en algún momento tuve que soltar la idea de que iba a salir perfecto, y simplemente empezar a escribirlo, con enormes dudas, sin saber si iba a funcionar. Y ese soltar, esa decisión de avanzar igual, fue el acto más libre del pensamiento que hice en todo esta proceso.
Porque ser libre no es solamente poder elegir. También es hacerse cargo de lo que se elige, incluso cuando puede no verse perfecto para los demás Es no necesitar aparentar que se tiene todo controlado antes de dar el primer paso. Es animarse a mostrar un intento imperfecto en vez de esconder una idea perfecta que nunca llega a existir.
Así que eso mismo les quiero dejar hoy: no esperen sentirse listos del todo, no esperen la versión perfecta de la idea, del ánimo o de ustedes mismos. Casi nadie se siente completamente listo antes de empezar algo nuevo. La diferencia la hacen quienes se dan el permiso, la libertad de dar el primer paso de todos modos, aunque no salga adecuado, aunque no todo esté claro.
Si hay algo que llevan tiempo postergando, una actividad, una carrera, una conversación, un proyecto, este es su empujón o su señal. No tiene que salir perfecto. Sólo tiene que empezar. Esa es, quizás, la forma más simple y más difícil de ser libres.
Por último les dejo una frase de bronce: “Sólo hay una sola libertad”.
De Antoine de Saint-Exupéry…Muchas gracias.






