En catástrofes anteriores —fueran temporales o terremotos— resultaba relativamente sencillo, periodísticamente hablando, identificar el epicentro: aquel lugar que había sufrido el golpe más devastador, donde se concentraba el impacto y hacia donde debían volcarse con urgencia la ayuda y los esfuerzos de reconstrucción.
Durante el tsunami, la atención estuvo clara en el borde costero, el barrio Baquedano y los balnearios. En las feroces lluvias de 1997, el drama se concentró en el aluvión de El Almendral; en otros episodios el foco fue Islón, y en algún sismo la mirada se clavó en Combarbalá.
Sin embargo, en esta oportunidad, a medida que corren los días y el agua cede, descubrimos una realidad perturbadora: las imágenes de televisión y las luces de la cobertura nacional no alcanzaron a dimensionar la verdadera magnitud del desastre.
Hoy no existe una sola de las 15 comunas de la Región de Coquimbo que no haya sido golpeada en lo más profundo. El mapa de los daños se despliega por igual entre la infraestructura pública y el patrimonio privado: viviendas destruidas, conectividad vial cortada y el desborde sistemático de esteros, canales y quebradas. La afectación no se remite a un par de localidades; se extiende de forma transversal entre zonas urbanas y rurales, golpeando iglesias, edificios cívicos, casas históricas y la columna productiva regional: el turismo, la agricultura y la minería.
Hay quienes sostienen que el impacto equivale a una bomba de tiempo detonada en todo el territorio regional, y la analogía no está lejos de la realidad.
Por lo mismo, las voces de los alcaldes que hoy proponen suspender ciertas actividades presupuestarias, golpear la mesa y exigir mayor inversión y auxilio del Estado no solo resultan comprensibles, sino indispensables. Es urgente que la ciudadanía y las autoridades nacionales tomen cabal conciencia del escenario al que nos enfrentamos. Superada la urgencia inmediata, el proceso de recuperación exigirá un esfuerzo titánico, voluntad política firme y un flujo de recursos financieros sin precedentes.
Víctor H. Villagrán
Editor Semanario Tiempo







