
Recuerdo con nostalgia como se fué rauda mi infancia. Hasta los 8 años fui tan libre como un pajarillo que volaba por aquí y por allá, recorriendo cerros y montículos entre piedras y pircas, entre gorriones y picaflores, que reaparecían en una determinada estación del año, entrenándome en el deplorable arte del peñascazo, generalmente como arma de defensa más que de agresión vengativa, espantado al levantar una piedra bajo la que se escondía una araña “pachona”, inocente como un bebé pero aterradora en su presencia, sobre todo por su feo aspecto y tamaño como porque se camuflaba astutamente cambiando no solamente de forma sino de color para protegerse y pasar desapercibida, como también arrancando despavorido cerro debajo de una iguana enfurecida por perturbar su prole, todo lo contrario a lo que ocurría con las serpientes del cerro que se desplazaban perezosamente como si la despertaran de un largo sueño.
De verdad que en esos cerros no llovía mucho, pero la sempiterna neblina y sus lloviznas consecuentes mantenían la tierra fértil durante prácticamente todo el año y explicaba sin duda la explosión primaveral en que abundaban las flores silvestres encabezadas por su alteza la “Añañuca” que reinaba por todos lados acompañada por su cohorte: los lirios, el vinagrillo, las infaltables campanitas de oro y tantas otras cuyo nombre no podría definir dada mi ignorancia perenne sobre la botánica, asignatura escolar de la que nunca pude desentrañar sus secretos.
Hubo un año en que las lluvias deben haber sido muy generosas dado que en la amplia explanada cerros abajo y más allá, se produjo en forma el mismo maravilloso fenómeno, ahora en forma explosiva, hecho no habitual por lo que acudimos a apreciarlo en familia, encontrándonos con algo que nunca había observado: la presencia de añañucas no solamente de su color rojo habitual sino que también añañucas amarillas. Es algo que en su momento consideré asombroso que nunca he olvidado, aunque ignoro si en otras zonas o momentos haya sido algo habitual.
Lo que nunca he podido olvidar es la inmensa alegría que me causaba recoger este generoso regalo de la naturaleza y me encargaba de llevarlas a casa donde mi madre las colocaba en floreros que adornaban toda nuestra casa con su rutilantes colores y olores, aunque creo que se me pasaba la mano por lo que ella me pidió que por favor no recogiera más flores, no por razones ecológicas, como suplicarían los ambientalistas actuales, sino simplemente porque eran demasiadas y ya no tenía lugar donde colocarlas.
De seguro hoy sería acusado de “ecocidio” por destrucción del medio ambiente en forma intencionada, aunque lo hacía indudablemente en forma recreativa gozando de lo que la naturaleza ponía a mi alcance con tal de agradar a mi madre, por lo que creo que ningún tribunal ambiental me condenaría si consideramos la edad del presunto delincuente.
Situación que retrae a mi memoria mis primeros contactos con la Ecología, un poco más allá de mediados del siglo XX, en que cayó a mis manos un texto relacionado con el tema. Fue entonces que me informé por primera vez de su significado sin imaginar en aquel entonces el explosivo desarrollo que presenciaríamos en las siguientes décadas que ha abarcado, sea para bien, sea para mal, prácticamente todos los ámbitos humanos y que requerirá indudablemente de resguardos adecuados dentro de un marco que regule tanto la protección de la naturaleza como el bienestar de la humanidad. Equilibrio que es evidente que todavía nos encontramos bastante lejos de avizorar, aunque estoy seguro que llegará el esperado momento en que lo conseguiremos.











