La meteorología moderna ya no habla del clima en los términos apacibles del siglo pasado. Los mapas satelitales que hoy vigilan el océano Pacífico muestran un gigante en formación: un río atmosférico de categoría extrema que se aproxima a nuestras costas.
Para la Región de Coquimbo —un territorio históricamente golpeado por una megasequía implacable—, los pronósticos rozan la ciencia ficción de la crisis climática: se proyectan acumulados que podrían superar los 200 mm de agua en solo tres días, concentrados en comunas como Combarbalá y Chillepín.
Esta inminente “anomalía” no es un hecho aislado ni un capricho de la naturaleza. Es el violento recordatorio de que la inacción global ante el cambio climático ya no es una advertencia para las próximas generaciones; es una realidad que hoy golpea nuestras puertas con la fuerza de un diluvio.
Sin embargo, la física de la atmósfera es democrática, pero la geografía de nuestras ciudades y la precariedad de nuestras vidas no lo son. El agua caerá sobre el mismo suelo, pero las consecuencias se repartirán según la brutal asimetría de la desigualdad socioeconómica.
Mientras que para los sectores más acomodados de la región el temporal implicará refugiarse bajo techos seguros y teletrabajar, para miles de familias en asentamientos informales, viviendas precarias o zonas rurales del Choapa y el Limarí, la lluvia es una amenaza existencial. El agua que promete aliviar los secos embalses de la zona también amenaza con arrasar los hogares de quienes han sido empujados a vivir en los bordes de quebradas, lechos secos y zonas de remoción en masa. Esta tormenta actúa como un escáner social que expone, sin piedad, nuestras grietas más profundas.
Por años, la política pública ha respondido a estas catástrofes glorificando la “resiliencia” de los afectados. Pero aplaudir la capacidad de los ciudadanos para levantarse del lodo es una forma sutil de romantizar la desprotección y justificar la inacción del Estado. Coquimbo, enfrentado a un diluvio histórico en un suelo erosionado y desértico, no necesita discursos heroicos sobre la resiliencia colectiva; necesita infraestructura de evacuación de aguas lluvias, planificación urbana que respete las cuencas naturales y justicia habitacional básica.
La verdadera adaptación climática no se mide por la cantidad de sacos de arena distribuidos antes del viento, sino por la reducción de la vulnerabilidad de las personas. Si no entendemos que adaptarnos al colapso climático exige, ante todo, combatir la profunda desigualdad social que define el impacto del desastre, seguiremos atrapados en un ciclo infinito de tragedias evitables. Salvar vidas en la próxima tormenta no se logrará únicamente mirando al cielo para medir los milímetros de agua, sino corrigiendo de una vez por todas las deudas estructurales que arrastramos en la tierra.
Víctor H. Villagrán
Editor Semanario Tiempo










