La costa de la Región de Coquimbo alberga uno de los ecosistemas marinos más ricos y biodiversos del planeta. Alimentadas por la generosa Corriente de Humboldt, estas aguas no solo sostienen una variedad asombrosa de especies, sino que representan una de las reservas de proteínas más prometedoras para el futuro de la humanidad.
Sin embargo, esta aparente abundancia esconde una fragilidad intrínseca. El océano ya no resiste la lógica de la explotación infinita; la presión sobre el borde costero y el fantasma de la depredación obligan a virar con urgencia hacia una extracción consciente y un cambio de paradigma en nuestra relación con el mar.
En este escenario crítico, la pesca artesanal emerge no como un problema, sino como el actor clave para la conservación. Tradicionalmente recolectores, los pescadores de nuestras caletas se encuentran hoy ante el desafío definitivo: pasar de la mera extracción al cultivo y la protección activa. La reciente alianza entre el Gobierno Regional de Coquimbo y la Universidad Católica del Norte (UCN) en Caleta Chigualoco, a través del proyecto de “Granjas Marinas en Áreas de Manejo”, marca un hito en esta transición. No se trata solo de infraestructura, sino de una profunda transformación cultural y tecnológica.
Las granjas marinas representan una solución sostenible que complementa las poblaciones naturales sin romper el equilibrio ecológico. Al cultivar especies como el ostión del norte, la ostra japonesa y el piure en las Áreas de Manejo y Explotación de Recursos Bentónicos (AMERB), caletas como Chigualoco, Cascabeles y Los Vilos demuestran que es posible generar riqueza económica sin vaciar el océano. Este modelo de acuicultura a pequeña escala diversifica los ingresos de las comunidades costeras y alivia la presión sobre los recursos silvestres en peligro, permitiendo su regeneración.
Garantizar la seguridad alimentaria del mañana exige cuidar los laboratorios naturales de hoy. Coquimbo tiene la oportunidad histórica de liderar este proceso, demostrando que la innovación científica y el conocimiento ancestral de la pesca artesanal pueden coexistir.
Modificar la mentalidad del extractor para convertirlo en un cultivador del mar es una tarea compleja, pero indispensable. Proteger este ecosistema vulnerable no es un acto de pasividad; es una acción decidida que siembra en el presente para asegurar el sustento del futuro. Las granjas marinas no son una utopía; son la ruta hacia un mar soberano, sostenible y vivo.
Víctor H. Villagrán
Editor Semanario Tiempo








