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Jóvenes chilenos: 45 horas a la semana en redes sociales

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Un reciente informe de la OCDE encendió una alarmante señal de alerta para la educación y la salud mental en Chile: los estudiantes de 15 años pasan en promedio más de 45 horas semanales conectados a las redes sociales.

La cifra no solo sitúa al país a la cabeza de los miembros del organismo multilateral —superando con creces la media europea y global de 35 horas—, sino que equivale a dedicarle a una pantalla el tiempo equivalente a una jornada laboral completa.

Reducir este fenómeno a un simple rasgo de desinterés juvenil o pretender solucionarlo mediante la mera prohibición del teléfono móvil en las aulas resulta insuficiente e ingenuo.

Tal como advierte la directora de la Fundación Brotario, Florencia Pérez, el consumo abusivo de plataformas digitales está estrechamente ligado a brechas socioeconómicas, a la falta de entornos seguros en los barrios y a una escasez crítica de espacios de esparcimiento al aire libre. En los sectores más vulnerables, donde las opciones comunitarias, deportivas o culturales son escasas, la pantalla se transforma en un refugio automático contra la soledad y la marginación.

Frente a esta encrucijada, Europa ofrece valiosos modelos de políticas públicas donde la tecnología no se combate con censura, sino con alfabetización digital crítica y la reactivación del entorno físico.
En los países nórdicos, por ejemplo, la respuesta no ha sido la prohibición a ciegas, sino la educación en profundidad. Naciones como Finlandia y Dinamarca han integrado la alfabetización mediática de forma transversal en sus mallas curriculares desde los primeros años escolares, enseñando a los estudiantes a comprender la arquitectura de los algoritmos, a identificar la desinformación y a gestionar activamente su capacidad de atención.

En una línea complementaria, Suecia reevaluó la digitalización temprana en sus escuelas para devolverle la prioridad a la lectura en papel, la escritura manuscrita y el contacto directo con la naturaleza como pilares del desarrollo cognitivo.
Asimismo, en Francia el debate sobre el uso de dispositivos en las aulas se ha acompañado de un fuerte impulso a la inversión pública en infraestructura urbana, fortaleciendo la creación de parques, plazas e instalaciones deportivas accesibles que ofrecen a los jóvenes una alternativa real de encuentro presencial.

El desafío para Chile no consiste en erradicar la tecnología de la vida estudiantil, sino en disputar la hegemonía del tiempo libre. Si como sociedad no somos capaces de articular propuestas educativas modernas junto con barrios seguros, áreas verdes y programas que vinculen la naturaleza con el aprendizaje, las pantallas continuarán ocupando el vacío social. Es momento de pasar de la preocupación estéril a una política integral que promueva una alfabetización digital consciente y garantice espacios donde levantar la mirada vuelva a ser atractivo.

Víctor H. Villagrán
Editor Semanario Tiempo

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