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QUE TIEMPOS AQUELLOS

Tiempo que pasa no vuelve, verdad de vida es. Pero no nos pongamos difíciles como aquellos periodistas-escritores que escriben en círculos. Es que escribir en forma lineal suele no ser muy entretenido, excepto que seamos dueños de una pluma prifvilegiada, sea que se trate de contar buenas historias, cuentos, novelas, experiencias o testimonios personales de algún significado para quien los refiere o bien tentativamente en provecho de los demás.
Es bueno aprovechar estos tiempos de incómoda incertidubre para recordar añorados “tiempos mejores”, antes de que nuestra memoria se vaya debilitando y termine por borrar nuestros recuerdos hasta hacerlos irreconocibles y comencemos a dudar si alguna vez existieron o si se trata de una imaginación desbordada y desdibujada por el correr del tiempo.
Muchas veces estos recuerdos constituyen simples borradores, bocetos o simplemente chispazos del destino, propios de la edad en que ocurrieron. Intentar por ejemplo retrotraernos al primer recuerdo consciente suele ser tarea de titanes. Algunos los tenemos meridianamente lúcidos, mientras que a otros sólo les es permitido vislumbrar sombras difusas que no atinan a identificar, mezclados con una infinidad de otros recuerdos inconexos que no atinan a precisar.
No es fácil recordar el hilo inicial de nuestra propia biografía en un sentido claramente perceptivo, ajeno a relatos que puedan proporcionarnos nuestros propios padres, hermanos o familiares. Para recordarlo necesitábamos estar allí, presentes y alertas, en un contexto vivencial que pudiéramos recordar al menos con alguna certeza, sea lugar, personas y situaciones enmarcadas en un contexto que hayan dejado una huella profunda en nosotros para poder cotejarlas después con quienes puedan confirmarnos lo vivido.
Se trata en el fondo de la toma de conciencia del inicio de nuestra infancia perceptiva, que queda grabada a fuego en nuestra memoria remota y que nunca se olvida, aunque puedan desaparecer una infinidad de otros recuerdos de nuestra infancia. Es algo que nos marca en forma definitiva, que nos otorga un sello imperecedero que nos acompañará hasta el fin de nuestros días y que ojalá envuelva siempre un momento positivo y no negativo, como les sucede por desgracia a muchos que lo arrastran como una pesada mochila de por vida.
La llegada a nuestro hogar de un hermano por ejemplo, puede constituir un acontecimiento famiiiar que nos marca. En especial si se trata de un segundo hermano que viene a reemplazar nuestro trono de hijo único hasta ese momento. Nueva realidad que constituye un momento crucial a la que muchos tuvimos necesariamente que adaptarnos, pese a nuestros vanos esfuerzos por continuar siendo el centro de la atención de nuestros padres, llamando su atención sea con retrocesos en nuestro desarrollo o bien asociados a llantos y rabietas, además de encontrarle más de algún defecto al nuevo hermano, en un intento de recuperar la atención primordial de la que fuimos desplazados.
Gran ayuda para sobrellevar tal incómoda situación la constituyeron sin duda los abuelos y sobre todo las abuelas. Quizás también alguna tía cariñosa y comprensiva a la que le caímos en gracia, lo que muchas veces no logró impedir que realizáramos nuestra travesía por el desierto, propia de un amor preferencial perdido en forma definitiva.
Pero, como todos sabemos, el tiempo todo lo cura, y lo que no lo hace pasa a enrolar la larga lista de tareas pendientes de por vida. A lo mejor no tuvimos la infancia más feliz de todas, ni fuimos acogidos como nuestro corazón ansiaba por motivos totalmente ajenos a la voluntad de nuestros padres, abrumados por la responsabilidad de la crianza y la obtención de los medios de subsistencia. Quizás el compartir con un amigo o el regalo de algún libro regalado con infinito cariño pudo ayudarnos a ampliar nuestra perspectiva y a dar nuestros primeros pasos hacia el descubrimiento progresivo del sentido del mundo y de nuestra vida.
Pero sea como haya sido, fue un tiempo hermoso, en que no teníamos grandes preocupaciones, excepto las propias de la edad, en que la imaginería y los sueños jugaron siempre un lugar preponderante. Con una mirada pura y diáfana, impregnada de una inocencia sanadora que nos permitió con los años comenzar a caminar en forma confiada hacia la madurez que hemos alcanzado en nuestros dìas. Agradecidos de todo lo recibido y con una mirada esperanzadora hacia un mejor futuro para nosotros y sobre todo para nuestros hijos y nietos.

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