Una reciente editorial y la columna del rector de la Pontificia Universidad Católica en El Mercurio han puesto nuevamente sobre la mesa un tema crucial para el futuro de Chile: la excesiva duración de las carreras universitarias. Este debate cuestiona la estrategia país respecto a cómo priorizar aprendizajes funcionales y capacidades de adaptación en un mundo que cambia de manera vertiginosa.
Sin embargo, tras esta discusión técnica, subyace un problema de fondo mucho más alarmante: la paupérrima calidad de la educación escolar y las precarias competencias con las que los estudiantes ingresan a la educación superior. Los datos de PISA 2022 son categóricos: casi la mitad de los alumnos egresa del colegio sin competencias mínimas en matemáticas y un tercio presenta graves dificultades lectoras. Esta realidad obliga a las universidades a destinar sus primeros años a funciones meramente propedéuticas. Un ejemplo elocuente de esta ineficiencia es la formación bilingüe: resulta incomprensible que, tras más de una década de instrucción en inglés, solo una mínima fracción de los egresados logre dominar el idioma.
El nudo crítico es el analfabetismo funcional. Este opera de manera cruel cuando un estudiante, tras sortear las barreras de ingreso a la universidad, descubre que carece de las habilidades básicas para comprender una lección o un texto de nivel académico. Es una farsa que se revela demasiado tarde.
En el Chile actual, el analfabetismo funcional se ha convertido en una barrera invisible pero determinante que frena nuestra productividad y profundiza la desigualdad laboral. No se trata de la incapacidad de leer o escribir en términos básicos, sino de la dificultad de procesar textos complejos, seguir instrucciones técnicas o discernir información crítica en entornos digitales. En un mercado laboral que exige adaptabilidad constante, el trabajador que no logra transformar la información en conocimiento aplicado queda relegado a la precariedad.
Como nación, debemos seguir invirtiendo en conocimiento de alto nivel, ciencia pura, tecnología, filosofía y artes. No obstante, es imperativo hacernos cargo, con carácter de urgencia, de la crisis en la educación escolar. Por un lado, la aceleración del conocimiento —que hoy se duplica en cuestión de horas impulsada por la Inteligencia Artificial— desafía la noción tradicional de formación profesional. Si el 65% de los niños trabajará en empleos que aún no existen, la universidad no puede ser una simple agencia de certificación de competencias técnicas con fecha de vencimiento a corto plazo.
La verdadera misión debe ser la formación integral: cultivar el pensamiento crítico, la ética y la capacidad de discernimiento. Esto requiere tiempo y exposición a la complejidad, elementos que la presión por una “salida rápida” al mercado laboral amenaza con erosionar.
Con todo, Chile no puede seguir ignorando que invierte de manera desproporcionada en la educación superior en desmedro de las etapas tempranas. La evidencia económica es indiscutible: cada peso invertido en la infancia rinde frutos exponencialmente mayores. Continuar financiando trayectorias universitarias extensas para compensar un sistema escolar quebrado no es solo una política ineficiente, es un error de diseño público que hipoteca el futuro del país.
Víctor H. Villagrán
Editor Semanario Tiempo







