MEDITACIÓN EN VIERNES SANTO (De “Cristo en los ojos de Mario Hiriart”, Siervo de Dios, 8-Abril-1955)

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¡Viernes Santo!…El día del sacrificio, el día en que la sangre brotó de todas las heridas del Cuerpo Santísimo, hasta que por su costado abierto escurrió hasta la última gota. El día que se inicia con el estupor de la traición de Judas y se asombra ante las negaciones de Pedro, él que había prometido dar su vida por el Maestro, por Aquel que como señal de infinita amistad le lavara los pies al iniciarse la Cena.
La madrugada que ve con dolor a Cristo coronado de espinas, cubierto por el escarnio, con un trapo raído que figura la capa real, apoyado en la columna; la mañana que ve a Dios juzgado por los hombres.
Jamás en la historia de nuestro mundo y de todos los mundos, volverá a verse una mayor aberración, un contrasentido tan monstruoso; conducido del uno al otro de los palacios de gobierno a Él que todo lo gobierna con el solo poder de su pensamiento.
La tarde, en fin, que le arrastrasen por el camino al Gólgota, cayendo tres veces bajo el peso del madero que utlizaron para darle muerte; la tarde en que lo desnudaron y expuesto así, colgando de sus muñecas descoyuntadas, a la burla de los judíos que, insensatos, por hacer mofa lo llaman “Rey”,a Él, que es el único Rey, y de los romanos los “dueños”de Occidente, los “ciudadanos” que más tarde pretenderán defender su triste imperio quemando como antorchas junto a la Vía Apia a los miembros mutilados del inmortal Cuerpo Místico de Cristo.
Viernes Santo, en que a la hora de nona las tinieblas cubrieron la tierra escondiendo al resto del Universo el más horrendo crimen, la inverosímil soberbia de los hombres que han dado muerte a su Creador, mientras la tierra, avergonzada de dar sostén a los deicidas, se hundía y se agrietaba dando paso a los muertos y sepultando a los vivos.
Un Viernes Santo no se puede pasar sino con Cristo; ni solo con los hombres, sino junto a Él; siguiéndole paso a paso, de Jerusalén a Getsemaní, del Huerto donde Caifás, hasta Pilato y Herodes, y acompañándolo al Calvario.
Es indigno de Él quien hoy día pensó otra cosa y se olvidó de Él o de lo que a Él le interesa. Por eso, el Viernes Santo es día de retiro, de silencio, de mortificación. Hoy es día de ayuno: ¿nos atreveremos a decir “tengo hambre”, cuando Él debió decir hoy “tengo sed”?…
¿Pensaremos en la dureza de un lecho, cuando Él fue clavado al madero sobre el cual fue extendido?… ¿Nos atreveremos a quejarnos de frío si Él en este día fué dejado durante tres horas desnudo colgando de la cruz?…
Hoy día no quisiera haber hecho nada más que acompañarlo, sufrir con Él y pedir perdón porque yo tantas veces he contribuido a su crucifixión.Si no lo he podido hacer , fue `por mi debilidad… ¡Perdóname, Señor, porque hasta al querer estar contigo, por mi infidelidad, te he ofendido!…

Por Dr. GONZALO PETIT / Médico