
Es bueno revisarnos periódicamente como personas, como familias y especialmente como país, considerando que lo que sucede en nuestra sociedad repercutirá inevitablemente en nosotros, en nuestra entorno familiar e incluso sobre nuestra relación con quienes nos relacionamos diariamente, sea en el presente como en el mediano y en el largo plazo en la medida que vamos naturalizando lo que vivimos. Se trata sin duda de un aspecto al que rara vez le dedicamos nuestra atención y mucho menos reflexionar en profundidad sobre ello. Son cosas que consideramos como propias de lo que sucede en nuestro ambiente y las vamos archivando como una simple información, creyendo equivocadamente que nunca nos van a afectar, incorporándolas a esa agua que corre de la que nunca vamos a beber, por lo que lo más sensato es dejarla correr.
Lamentablemente no siempre las cosas son así. Vamos viendo algunos ejemplos que nos demuestran que siempre en el ambiente en que vivimos nos vamos a encontrar inevitablemente tanto con cosas o situaciones buenas como con otras malas e incluso con cosas feas que nunca nos habríamos imaginados que pudiesen ocurrir y sin embargo nos han mantenido muchas veces en vilo como sucedió en aquellas dos oportunidades en que intentamos sin éxito realizar un cambio sustantivo en nuestra Constitución.
Como resultado lo bueno es que hemos continuado existiendo como un país unitario, lo malo es que fueron producto de manifestaciones ideológicas antagónicas irreconciliables y lo feo es que invertimos no solamente un tiempo precioso sino una enorme cantidad de recursos económicos que pudimos haber invertido en algo más provechoso.
En cuanto a nuestro sistema político lo bueno es que hemos continuado con dos cámaras parlamentarias, cada una con funciones diferentes en relación a la confección de nuestras leyes: la Cámara de Diputados, cuya función primordial es crear y modificar las leyes, fiscalizar los actos del Gobierno y representar directamente a los ciudadanos, y el Senado que comparte el ámbito legislativo con los diputados en cuanto a la confección de las leyes en forma resolutiva y representativa, aunque en forma más amplia, resolviendo situaciones de mayor envergadura. Lo malo es que ambas están integradas por un exceso de diputados y senadores, lo que va más allá de lo estrictamente necesario y lo feo es que muchos de sus integrantes no actúan en base al sentido común y en beneficio de los ciudadanos sino en pos de sus intereses personales.
En cuanto a nuestro Sistema Judicial lo bueno es que se encuentra bien estructurado y su accionar es generalmente responsable, lo malo es que no dan abasto con la multitud de causas por resolver y las leyes que nos rigen no les permiten muchas veces dictaminar penas más drásticas en situaciones de alto vuelo y lo feo es que algunos de sus integrantes han cometido delitos inexplicables dada su condición y alta responsabilidad social.
En relación al acontecer político contingente observamos más propuestas y palabras de buenas intenciones que resoluciones efectivas debido a su alta polarización que impide cualquiera posibilidad de llegar a acuerdos constructivos con avances y retrocesos interminables que se prolongan por meses y años, incluso décadas, en medio de una maraña de trucos y recursos retardatorios y de una madeja de inextricables y confusas redes burocráticas.
Por otro lado si bien es bueno que tengamos una propuesta definida en lo económico y nos encontremos dando pasos para elaborar un plan efectivo para recuperar un ambiente de seguridad que hemos perdido durante los últimos años, lo malo es que no sabemos cuándo vamos a poder concretarlos en forma definitiva y lo feo es que vamos a tener que sortear una innumerable cantidad de escollos en el Parlamento donde suelen predominar corrientes ideológicas que, con o sin argumentos razonables válidos, se van a esforzar por retardar lo más posible su avance poniéndole una creciente cantidad de obstáculos.
Nadie podría hoy afirmar que va a ser fácil, pero todo indica que el esfuerzo vale la pena y que vamos a visualizar la luz a final de este intrincado túnel. Lo malo es que estamos perdiendo un tiempo precioso en discusiones innecesarias. Lo feo es que hemos extraviado el camino y olvidado los beneficios propios de esa cultura de los acuerdos que es urgente recuperar si aspiramos a desarrollarnos como país, a través de la cual conseguimos avanzar a pasos agigantados a fines del siglo pasado y la primera década del presente siglo. Ojalá la recuperemos.









