Feminismo, cuotas y gradualidad

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Hace algunos años irrumpieron en nuestro país un grupo de mujeres, que con un simple baile y una canción lograron motivar y remecer a las mujeres, especialmente a las jóvenes que bailaron algunas con torsos desnudos para levantar la voz por la igualdad. Aunque algunos lo consideraron grotesco y sesgado, dicho fenómeno respondía a un movimiento que se extendió por todo el mundo y que vino de la mano con otro tipo de manifestación pública, como es el uso del lenguaje inclusivo. Aunque a veces sonara ridículo o innecesario para todos los contextos, lo cierto es que ambas manifestaciones lograron marcar el punto político y poner en la agenda pública la necesidad de revisar el trato y las condiciones de igualdad real que existen en estos tiempos entre hombres y mujeres en los diferentes ámbitos de la vida.
Sin embargo, dichas manifestaciones no pasarían de ser una simple anécdota histórica, una moda o “tendencia viral” si no se traduce en cambios profundos en la cultura local y en las estructuras y paradigmas tradicionales en las distintas esferas del quehacer social de nuestro país.
Así es como, llevando lo anterior a lo concreto, real y tangible, podemos verificar que, por ejemplo, en Chile la presencia de mujeres en directorios de empresas se reduce apenas al 14,7%.
En este contexto, es que en el Congreso Nacional se tramita el proyecto “Más mujeres en Directorios”, el cual busca de manera gradual que en un plazo de 6 años al menos el 40% de los integrantes de las mesas directivas de las empresas fiscalizadas por la CMF sean mujeres. Cifra potente si consideramos que en la OCDE, los países con cuotas “duras” esa cifra llega al 36%.
En fin, lo cierto es que el proceso debe ser gradual y debe responder a las capacidades de las mujeres que se postulen a dichos cargos, proceso que implica también el alto costo de que más de un 25% de los directores de empresas (hombres) deberán dejar sus cargos para dar paso a las mujeres.
La incorporación de mujeres en las diversas áreas sin duda es un aporte relevante, que entrega nuevas perspectivas, nuevos tratos y cambios culturales profundos.
Pero desde otra óptica, este logro de una integración de género real no puede sobrepasar las líneas para transformarse en una discriminación positiva permanente. Sin ir más lejos, esta semana, el presidente de la República Gabriel Boric y la gobernadora regional Krist Naranjo sufrieron un impasse bochornoso. Y en las palabras de la gobernadora se deslizó la acción de presidente habría sido prepotente e impropia de un autoridad que se autodefine como feminista. ¿Seria acaso una obligación del Presidente -al elegir con quién tomarse una foto- dejar de lado el juego del poder político, y estaría obligado a comportarse de determinada forma? Parece un exceso.
El feminismo no puede ser una guarida en la que se defienda la falta de liderazgo político, tacto, tino o la simple capacidad de reconocer los contextos y momentos.
La integración real de las mujeres, incluso con sistemas de cuotas que logren apurar el cambio cultural es totalmente legítimo y necesario. Sin embargo el feminismo a ultranza nos llevaría a otros extremos tan nefastos como el punto de partida. La historia se encargará de regular las pasiones y de que finalmente fluya la razón.

Víctor H. Villagrán
Editor Semanario Tiempo