
(Adaptado de revista El Estetoscopio, Sept./Oct 2025)
“Somos culpables de muchos errores y muchas faltas, pero nuestro peor crimen es del abandono de los niños, negándoles la fuente de la vida Muchas de las cosas que nosotros necesitamos pueden esperar, los niños no pueden. Ahora es el momento en que sus huesos están en formación, su sangre también lo está y sus sentidos se están desarrollando. A él no podemos contestarle Mañana. Su nombre es HOY”.
Las palabras de Gabriela Mistral resuenan con una urgencia particular especialmente en las consultas médicas como en nuestro sistema educacional, donde es hoy muy fácil ser testigos directos de un fenómeno que se ha normalizado peligrosamente: niños y adolescentes en un estado de ansiedad y soledad a pesar de vivir hiperconectados. Esta nueva realidad, que podríamos llamar “déficit de vida real”, se manifiesta en una pérdida palpable de la capacidad de atención y concentración persistente y además en una peligrosa habituación a las recompensas instantáneas que le ofrece el mundo digital. Frases como “estoy aburrido” o “me da lata” se ha vuelto una constante casi diaria. Situación que no corresponde a un asunto trivial relacionado con la crianza sino que tiene sus orígenes en la angustia y el deterioro cognitivo que afecta a una cantidad importante de los niños en nuestros días
Para comprender el origen de este deterioro en la salud mental de estos niños nos vemos obligados a retroceder hasta la cuna. El vínculo de apego, cimiento de la salud mental futura, se forja en el diálogo no verbal entre el bebé y su cuidador. Es una conexión que se construye en la mirada y se destruye en la pérdida del contacto visual. A través de estas interacciones el cerebro del bebé aprende a sentirse seguro, comprendido y a regular sus propias emociones al sintonizar con el contacto de sus padres. Cuando esa mirada se interrumpe constantemente por una pantalla, un acto conocido como “tecnoreferencia”, ese dialogo neurobiológico se fractura debido a que estamos generando con ello una carencia en la información visual y sensorial más rica que existe: el rostro humano. Lo que priva al cerebro del entrenamiento necesario para activar las neuronas en espejo, que se activan para construir circuitos empáticos.
Es necesario considerar al respecto que la empatía no es un concepto abstracto, es una habilidad biológica que se entrena decodificando miles microexpresiones y señales no verbales que la comunicación digital, empobrecida y mediada por texto, no puede ofrecer.
A ello se agrega que, en la adolescencia, este cerebro ya afectado en sus cimientos, se enfrenta a una trampa aún más compleja, si consideramos que es un órgano que se encuentra en una metamorfosis plena y vulnerable como un sistema en su máximo potencial, pero con sus frenos en pleno desarrollo. Asociado a un motor emocional que busca la recompensa, la novedad y la aceptación social, que lo empuja biológicamente a la aventura. Mientras tanto, los frenos de la razón, a nivel de la corteza prefrontal, responsables del buen juicio y el control de impulsos, son “una obra en construcción”. Durante esta etapa crucial de “poda sináptica” (donde se eliminan conexiones neuronales innecesarias) y de mielinización (que acelera los impulsos eléctricos) el cerebro se optimiza de acuerdo a las experiencias vividas. Esto significa que el adolescente es, literalmente, un escultor de su propio cerebro y el entorno digital le ofrece un mal cincel que favorece las vías de la distracción en detrimento de los circuitos de la atención sostenida, del esfuerzo, la paciencia y la reflexión.
Aquí es donde el sistema de atención del adolescente es secuestrado. Todos funcionamos con dos modos de atención: un “radar” (la atención involuntaria), que actúa como un centinela primitivo que reacciona a estímulos externos, y un “foco” (la atención voluntaria) que es el director consciente que nos permite concentrarnos. El secuestro del “radar” por las pantallas se manifiesta como una profunda intolerancia al aburrimiento y una necesidad constante de estimulación, lo que estimula la ansiedad y la irritabilidad ante la ausencia de un flujo constante de información, y a su vez un “foco” poco entrenado que se traduce en dificultades de concentración.
Esta sobre estimulación silencia la red neuronal por defecto y conduce al cerebro adolescente a funcionar como una montaña rusa que dificulta la construcción de la identidad, abriendo muchas veces el camino a la falta de empatía y la falta de instauración de un entorno seguro, facilitando el acoso escolar encubierto, persistente y “menos visible para los adultos”.







