Reglas del Juego

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Algo bueno puede salir del complejo y paradigmático proceso político de los últimos años. Hay que tener esperanza y aprender de los errores. Ha sido un curso intensivo de derecho constitucional para todo el país, bajo el método “aprender haciendo”.
Del proceso anterior nos queda claro que una constitución no es lo mismo que un programa de gobierno, primer gran aprendizaje, del cual deberíamos entender que una constitución recoge las reglas básicas del juego, las normas y garantías básicas del partido.
Antes, en el fútbol era tolerable una agresión verbal, probablemente con una tarjeta amarilla si era grave. Hoy en el mismo fútbol, si esa agresión verbal es xenófoba u homofóbica no sólo acarrea tarjeta roja sino una sanción mayor para el equipo completo.
En una constitución nos ponemos de acuerdo sobre cuándo será “off side” o cuando será tarjeta roja por una falta. Cuánto durará el partido, quienes podrán ser árbitros y qué sucede si hay desmanes en la gradería. Es en esa cancha y con esas normas que las fuerzas políticas que participen de los diferentes gobiernos y parlamentos que podrán ir generando cambios, empujando los límites.
Pero, si un grupo, por una mayoría circunstancial pretende decidir que la cancha de fútbol será circular, con 50 jugadores por lado y que estarán permitidas las patadas, es muy probable que no logre la aprobación de los electores. Eso ya quedó totalmente claro en el proceso anterior en que el ímpetu, la rabia y frustración acumulada se plasmó en el octubrismo y también en los oportunistas que buscaban sacar provecho, manipulando a fuerzas eufóricas y momentáneas.
La constitución (reglas del fútbol) puede autoimponernos un “deber ser” respecto a condiciones mínimas, pero no tiene cómo asegurar la existencia de recursos económicos suficientes para que eso se cumpla. Eso depende de si hay dinero en la caja, de si el país crece y si la economía responde.
Efectivamente la constitución no debería ser un triunfo absoluto de una ideología o corriente política circunstancial. Y es de esperar que las actuales fuerzas predominantes logren entenderlo, porque el costo ha sido demasiado alto y para el futuro hay mucho en juego. Nada menos que la estabilidad del país.

Víctor H. Villagrán
Editor Semanario Tiempo