
Lo que hoy existe en La Herradura, en Coquimbo, no apareció de un día para otro. Detrás de esos cultivos hay años de prueba, adaptación y trabajo directo en el agua. Hay conocimiento local, acompañamiento técnico y, sobre todo, persistencia.
Por eso, el nuevo derrame de hidrocarburos no puede leerse solo como una contingencia más. En el borde costero chileno, la contaminación en la primera milla muchas veces se trata como un episodio puntual, cuando en realidad deja a la vista una fragilidad bastante más profunda. Esta vez, la preocupación no pasa solo por la mancha o por su dispersión, sino por lo que puede significar en una bahía donde pescadores y dirigentes han advertido posibles efectos sobre cultivos marinos y proyectos acuícolas que ya forman parte de su base económica.
La Herradura no es solo un lugar expuesto a riesgos ambientales. Es también una bahía donde organizaciones de pesca artesanal, varias con años de experiencia en áreas de manejo, han ido ampliando su estrategia productiva con mucho esfuerzo. En este espacio conviven cuatro Áreas de Manejo de Recursos Bentónicos (AMERB), dos de ellas con solicitudes de ampliación para cultivos, además de polígonos de cultivo en su interior. Eso muestra algo bien concreto: aquí la pesca artesanal no solo extrae, también ha empezado a construir nuevas formas de permanencia económica en la zona costera.
En ese camino, algunas organizaciones han pasado del cultivo de pelillo en AMERB a integrar el cultivo de piure. Otras han ido sumando ostiones, y pronto ostras, avanzando paso a paso hacia algo que ya se parece a una granja marina de pequeña escala. Todo eso, además, como complemento a lo que sigue siendo su fuerte: la pesca de jurel, jibia y otros pelágicos.
Ese punto importa porque ayuda a entender de qué hablamos cuando hablamos de acuicultura artesanal. No se trata de reconvertir pescadores en cultivadores, como si bastara con cambiar de rubro. Lo que está pasando es otra cosa: los cultivos aparecen como una forma de ampliar ingresos, bajar vulnerabilidades y darle más estabilidad a la vida económica en la costa. No es reemplazo. Es diversificación.
Visto así, el derrame funciona como una alerta sobre algo más profundo. Muestra lo frágiles que siguen siendo los procesos que buscan fortalecer a la pesca artesanal en espacios costeros cada vez más presionados. Eso se vuelve todavía más claro en un escenario de aceleración azul, entendida como la expansión simultánea de muchos usos del mar y la costa: acuicultura, infraestructura portuaria, turismo, energía, desalación, conservación y actividad industrial, entre otros. La bahía sigue siendo la misma. Lo que cambia es la cantidad de exigencias, intereses y riesgos que se acumulan sobre ella.
Por eso, el desafío ya no es solo reaccionar cuando ocurre una emergencia. También es aprender a ordenar y armonizar usos dentro de la bahía para que la sostenibilidad de los medios de producción costeros sea realmente posible. No se trata de decir que una actividad sobra y otra debe imponerse. Se trata de asumir que pesca artesanal, AMERB, cultivos marinos, conservación, turismo e infraestructura tienen que convivir con reglas más claras y con mejores resguardos.
También conviene recordar algo que en estas discusiones a veces se pierde de vista: estos procesos no aparecen porque alguien llega con una técnica o instala un sistema de cultivo. La experiencia en terreno muestra otra cosa. La transferencia tecnológica en pesca artesanal es lenta. Primero cambia la actitud. Después cambia la conducta. Y eso toma tiempo. Requiere confianza, acompañamiento y continuidad. En ese trayecto, el rol de las universidades y de instrumentos como los proyectos del Programa de Difusión Tecnológica – PDT de CORFO, entre otros, ha sido clave para sostener procesos que difícilmente prosperan cuando todo se piensa en tiempos cortos.
En ese sentido, el propio Estado empieza a reconocer mejor la complejidad del sector y a mirar la pesca artesanal con más matices. INDESPA señala que su caracterización sociocultural busca identificar brechas y realidades específicas del sector, reflejando un tránsito desde un enfoque principalmente extractivo hacia otro más atento a lo productivo, la inclusión sociocultural, la gobernanza territorial, la diversificación y la resiliencia. Esa mirada hace mucho sentido en lugares como La Herradura, donde la acuicultura artesanal no puede leerse separada de la historia local, del trabajo comunitario, de las áreas de manejo y del uso múltiple de la bahía.
Por eso, la discusión no debiera agotarse en si la mancha se diluyó rápido o si el episodio fue acotado. La pregunta de fondo es ¿cuánto riesgo ambiental adicional pueden seguir soportando las bahías donde hoy se intenta sostener pesca artesanal, cultivos marinos y nuevas formas de diversificación?. Porque cuando una comunidad pasa años construyendo capacidades, probando especies, ajustando prácticas y abriendo nuevas fuentes de ingreso, un derrame no altera solo el agua. También remueve la confianza, el esfuerzo acumulado y la posibilidad de seguir avanzando.
La Herradura vuelve a recordarlo. Proteger una bahía productiva no es solo responder a una emergencia ambiental. También es cuidar la base material sobre la cual la pesca artesanal, sus áreas de manejo y sus procesos de diversificación buscan adaptarse y tener futuro sin dejar de ser pesca artesanal.







