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MALAS DECISIONES

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Todos corremos el riesgo de tomar malas decisiones en la vida y muchos hemos experimentado sus consecuencias de regla no muy agradables lo que depende de la magnitud del error cometido así como de la oportunidad y el contexto involucrado, situación que suele determinar nuestro destino, renunciando a nuestros sueños o al menos postergarlos para una oportunidad más propicia sacando provecho de la experiencia adquirida con tal fiasco.
En estos casos las consecuencias se limitan a una sola persona, cuanto más a su familia, a su entorno inmediato o a la comunidad o grupo al que pertenece. Es totalmente diferente en cambio cuando estas malas decisiones involucran a todos los ciudadanos de un país entorpeciendo las relaciones entre ellos y las instituciones del Estado que rigen el caminar del país, entorpeciendo la dinámica y la convivencia social hasta extremos insostenibles.
De ello tenemos muchos ejemplos y mucha tela que cortar entre nosotros. Es fácil darse cuenta a estas alturas que la mayoría de las dificultades que enfrentamos en la actualidad como país son consecuencia de las malas decisiones que hemos tomada durante los últimos años guiados por ideas y decisiones desafortunadas bajo una mirada miope que nos impidió en su momento vislumbrar las posibles y muchas veces predecibles consecuencias.
Todo ello conducido por un sistema político que no ha dado el ancho ni antes ni ahora, conducido sin un derrotero claro en el largo plazo y más bien centrado en el aquí y ahora. En el fondo cortoplacista en extremo, esquivando dificultades ante las que se ha recurrido de regla a soluciones parches que no abordan el fondo de problema y mucho menos una solución adecuada. Recurriendo una y otra vez a medidas legislativas en un insistente sentido de esquivar el bulto a lo fundamental, en busca de dejar contentos a todos, decisión a todas luces imposible.
Como resultado tenemos por ejemplo un sistema de educación deplorable por decirlo de suave manera, por no decir un desastre, en el que nos encontramos con alumnos que han sorteado la educación básica en apariencia sin problemas para descubrir después durante la educación media que no han adquirido conocimientos tan básicos como las reglas de multiplicar y cuyo nivel lector no supera lo que se espera de un alumno de primer ciclo básico.
A ello agregamos profesores no solamente desencantados de su profesión sino sometidos a una verdadera tortura en las aulas ante alumnos insolentes y agresivos con nulo interés por aprender ni por las actividades escolares que visualizan más bien como una oportunidad para divertirse con sus compañeros, a los que habría que agregar aquellos que asisten debido a que sus padres trabajan y no tienen quien los cuide en su hogar, situación agravada por el alto porcentaje de familias monoparentales, fuente habitual de una convivencia errática y poco estimulante en que la resiliencia constituye cuando más flor de un día.
Todo ello inspirado en la utopía de una igualdad a todo trance, olvidando que se trata de un valor y una virtud que no se impone por decreto y que se adquiere desde temprana edad en el seno de una familia, en lo posible bien constituida, bajo la tutela de guías omnipresentes y responsables que constituyan a su vez un fiel reflejo de las virtudes y valores a transmitir.
Lo más lamentable es que esta realidad ha afectado ya a estas alturas a más de una generación de estudiantes y no se visualizan vientos de cambio sino todo lo contrario. Recién ante algo tan evidente como indesmentible se está analizando la posibilidad de que al menos los colegios calificados como “emblemáticos” tengan a futuro la posibilidad de acceder al ingreso de estudiantes de mejor rendimiento académico, en medio de un forcejeo con la autoridad educacional que insiste en un porcentaje menor al solicitado por estos establecimientos.
En vista del resultado deplorable de nuestro sistema educacional cuesta comprender que la autoridad responsable de dirigir su destino persista en imponer trabas a cambios a todas luces necesarios. Desde niños aprendimos que no todos somos iguales. No solamente en nuestro aspecto físico sino sobre todo en cuanto a nuestro modo de ser, a nuestras habilidades naturales, a nuestras aspiraciones y a nuestros sueños. A todo quien posea las habilidades adecuadas y necesarias se le debe apoyar y abrir las puertas para desarrollarlas en plenitud. Invertir porfiadamente todos los medios en quien carece de ellas constituye un alto riesgo con una altísima probabilidad de un fracaso estruendoso que vaya dejando heridos a lo largo del camino.

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