Quizás debí haber leído primero el libro “Por qué fracasan los países” antes de comenzar a escribir, pero decidí asumir el desafío de no dejarme influenciar por su sin duda valioso contenido y reflexionar en forma independiente al respecto, tomando como base lo que ha significado la adolescencia para cada uno de nosotros.
Etapa de la vida gloriosa y estimulante para algunos y de un mejor no recordar para otros. Impregnada de conductas impulsivas, dudas e incertidumbre ante un futuro difuso, una infinidad de preguntas sin respuesta y una realidad que se negaba a transmitir sus más íntimos secretos en medio de una soledad acechante a cada paso, sin saber que era lo que se esperaba de nosotros y si estábamos o no dando pasos de ciego.
Incómoda situación sin duda, incluso amenazante, en medio de corcoveos emocionales que nos desorientaban, enfrentados a un abanico de posibilidades que vislumbrábamos sin un manual que nos orientara o una mano amiga que nos acogiera y nos señalara hacia donde podía conducirnos aquel camino escogido a tientas debido a nuestra falta de experiencia y que muchas veces lanzó por tierra muchos de nuestros proyectos e ilusiones
A consecuencia de ello no todos conseguimos darle con el palo al gato y dejamos una trenza larga de éxitos y fracasos, mucho de ellos a medio camino. Es que descubrir el sentido de nuestra vida constituye un proceso largo, que a muchos puede ocuparnos la vida entera, con reminiscencias de un pasado que van y vienen, a sabiendas de que no volverá. Lo que fué ya no se puede recuperar; se irá transformando inevitablemente en algo vago e impreciso, hasta diluirse progresivamente con el correr del tiempo.
Aunque no nos demos generalmente cuenta, les sucede lo mismo a las naciones. Nacen un día que celebran durante su trayectoria temporal tal como lo hacemos nosotros al celebrar nuestras Fiestas Patrias con toda la ilusión y el entusiasmo del caso. Con frecuencia han conseguido su identidad en base a mucho esfuerzo y sacrificios, incluida la pérdida de valiosas y cuantiosas de vidas humanas, de parte de una sociedad que ha conquista al fin una vida nacional autónoma que es necesario cuidar permanentemente como los sagrados guardianes en los altares de aquella Patria que generaciones anteriores nos regalaron.
Toda nueva nación o país ha atravesado también por la etapa de la adolescencia en que ha permanecido en el túnel del desconcierto y la incertidumbre ante un futuro que no se visualizaba con claridad. Una etapa de desequilibrio en la que diferentes ideas pugnaban entre sí en relación al camino a recorrer, lo que a veces de imponía por la fuerza ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo debido a que algunos no habían aceptado el veredicto de una mayoría.
Lo ideal es desde luego que cada país consiga superar esta etapa en paz y en la mayor armonía social posible, lo que desgraciadamente no siempre ocurre y con el transcurrir del tiempo suceden situaciones que nos revelan que ha sido un imposible. A pesar del transcurso del tiempo, no hemos superado la etapa de la adolescencia política y ciudadana. Los fantasmas de un pasado ingrato regresan porfiadamente una y otra vez y no nos permiten vivir en la paz que todos anhelamos, de lo que nosotros no estamos exentos en absoluto, revelándonos una y otra vez que la etapa de la adolescencia se niega reiteradamente a dar el paso hacia la madurez definitiva.
Sobre todo cuando hemos tenido gobiernos que han tomado medidas desacertadas propias de un país en plena adolescencia, cuya repercusión todavía nos azota hasta nuestros días. Hubo un gobierno entre nosotros que determinó por ejemplo que los economistas nos estaban engañando y actuó como un nuevo Arquímides del siglo XX y exclamó: “¡Eureka!”… “Si fijamos los precios, aumentamos los sueldos e imprimimos billetes solucionaremos la falta de ingresos de los ciudadanos”… Como resultado en el año 1971 podíamos comprar un carro completo de productos por el equivalente a sólo 10 lucaa actuales. A corto plazo se desencadenó una inflación extrema a velocidad galopante que estimuló el descontento ciudadano, las protestas cada vez más violentas, ningún ciudadano podía tener claridad acerca de hacia adónde íbamos y en qué íbamos a terminar. En el año 1973 pagábamos el pan a 5 pesos en la mañana, a 10 pesos en tarde y 15 pesos al día siguiente, ante lo cual sucedió lo que todos sabemos. Mucho cuidado entonces con tomar medidas económicas impulsivas e irreflexivas como unos adolescentes.
Por Dr. GONZALO PETIT / Médico