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INSATISFACCIÓN Y DESCONFIANZA

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Con frecuencia escuchamos afirmar, no sin razón, que la política se ha deteriorado en todo el mundo, fenómeno sociopolítico progresivo que se expresa con frecuencia a través de un lenguaje burdo y extremadamente agresivo entre los líderes de diferentes países y continentes, sustentado en tendencias ideológicas irreconciliables, sembrando el germen de la violencia a cada paso, en busca de descalificarse unos a otros, de lo que no somos ajenos en absoluto si observamos la progresiva polarización de las ideas que predominan entre nosotros.
No es por nada que nos caractericemos por oscilar de un extremo al otro del espectro político cada vez que vivimos un cambio de gobierno, lo que revela una permanente insatisfacción de los ciudadanos ante un tipo de gobierno u otro, lo que nos revela con claridad meridiana que, o somos unos eternos inconformistas o bien quienes dirigen nuestros destinos actúan como si fuesen habitantes de Narnia, un mundo de fantasía que no tiene mucho que ver con nuestra realidad y necesidades más apremiantes.
Recuerdo que hace algunos años ya se hablaba de una especie de “revolución de las expectativas emergentes”, relacionada con un fenómeno explosivo de las aspiraciones de progreso de los ciudadanos, sustentada en los avances de la ciencia y de la técnica asociados a un aumento del ingreso per cápita y una cierta mejoría en la distribución de los ingresos que desafortunadamente no ha ido de la mano de las condiciones económicas reales de los países, desencadenando conflictos sociales debido a las evidentes dificultades para otorgar un bienestar progresivo que exige la gran masa de ciudadanos, debido a los oscilantes vaivenes políticos que impiden los acuerdos más razonables y necesarios para llegar a satisfacer estas exigencias, en medio de un implacable péndulo ideológico que facilita el desorden y las medidas de corto plazo que no dan respuesta concluyente a las aspiraciones ciudadanas.
La consecuencia inevitable es la desconfianza creciente hacia la actividad política, que ha llegado entre nosotros a valores extremos. Nuestro Parlamente tiene la aprobación más baja de todas las instituciones del Estado, enturbiando aún más el oscuro panorama de cara al futuro. ¡Cuán lejos nos encontramos de quienes definen sabiamente la política como “el arte de la convivencia colectiva!”.Es cierto que la política está llena matices y tensiones y que es necesario reconocer la valentía de quienes se dedican a ello, pero también lo es que por alguna razón su labor no es lo fecunda que debería ser.
Que hay factores archiconocidos que interfieren en la actividad política y sus frutos, los hay. Entre ellos la exagerada cantidad de partidos políticos, un sistema electoral que permite la elección de parlamentarios con menos del 1 % de los votos y que permite el arrastre por un compañero de lista, dejando fuera a otros con una mayor cantidad de votos, además de la extrema libertad para cambiarse de partido a poco andar, renunciando al que pertenecían al momento de la elección o declarándose independientes, estafando con ello a quienes lo eligieron con su voto.
De allí que sea necesario no solamente realizar cambios legales al respecto sino además preocuparnos de una formación adecuada de los líderes políticos. No solamente para que respeten las normales legales sino sobre todo en educar la voluntad ética de aprender a convivir en forma empática con quienes piensan distinto, construyendo acuerdos en medio del desacuerdo y de reconocer que la diversidad constituye una riqueza y no una amenaza. En otras palabras, que surjan líderes políticos que sepan articular proyectos que hagan sentido a muchos y no solamente a quienes piensan como ellos. Como también que tomen conciencia que se mueven en varios frentes: desde lo personal, lo familiar y lo social en forma simultánea.
A todo ello es necesario agregar que Chile necesita con urgencia líderes con visión de largo plazo. Las medidas cortoplacistas involucran generalmente soluciones “parches” que responden a la contingencia, y no constituyen una solución sostenible y definitiva a los problemas que se nos han ido acumulando en forma exponencial durante los últimos años.
Es por ello que si aspiramos a salir adelante en forma airosa, nuestro mayor desafío es esforzarnos en tomar medidas que nos ayuden a volver a confiar en nuestras instituciones. Facilitando con ello la cohesión social, estimulando la empatía y las buenas relaciones interpersonales, en relación a lo cual nuestros nuevos líderes deberían ser un ejemplo a seguir.

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