
No deja de ser interesante reencontrarse con libros, series o películas vistas o leídas muchos años atrás. Re-encuentro en el que muchas veces experimentamos la agradable sensación de que nos enfrentamos a una percepción renovada en sus imágenes o contenidos que nos habíamos apercibido en la primera oportunidad. Puede tratarse de gestos, palabras, actitudes, el ritmo de los acontecimientos o bien de conductas y decisiones a las que les encontramos un sentido más profundo. Es como si revisáramos un borrador percibido a la ligera como un simple pasatiempo, pasando esta vez a una lectura o visión más meditada y proyectada en el tiempo.
Ese justamente lo que me ha ocurrido recientemente al reencontrarme con un libro que había mirado a la ligera hace decenas de años atrás. Específicamente un texto considerado como una novedad elevada a la categoría de “betseller” en su tiempo, que fue merecedor nada más y nada menos de 14 reediciones, lo que para nuestro país y la época en que fue publicado constituye una noticia editorial no solamente inusual sino que extraordinaria, incluso hasta hoy.
La presunta protagonista es una periodista neozenlandesa, que se expresaba obviamente solamente en inglés, que habría sido enviada por el editor de un periódico norteamericano a reportear una presunta “revolución en Chile”. Vayamos a saber si fue a instancias de la CIA, considerando que en nuestro país las revoluciones con extremadamente raras. Quizás querrían investigar cómo lo hacemos por estos lados impulsados presuntamente por la tremenda agresividad en el lenguaje y las acciones de los agentes relacionados con la política “chilensis” que me temo no se diferenciaba mucho en aquella época de lo que vivimos hoy en día.
En un tono irónico y sarcástico, e incluso podríamos afirmar que satírico, en relación con nuestras costumbres y tradiciones, aborda progresivamente las características del modo de ser de nosotros los chilenos con todas las dificultades idiomáticas propias de una “gringa”, que es como la consideraban en todas partes, por el simple hecho de comunicarse en inglés y en un mal español que se esforzaba por entender, es especial los modismos típicos en boga en la época que en realidad no han experimentado tantos cambios a los largo de más de 60 años.
Pero quizás lo más importante que podemos captar de este entretenido libro es que tenemos una innata tendencia a reírnos de nosotros mismos que queda reflejado en la gran cantidad de reediciones durante casi una década. Además de confirmar a pie firme que la verdad es que no hemos cambiado en absoluto en relación a ciertos tópicos, conductas y tradiciones a lo largo de más de seis décadas de su publicación, lo que nos revela que hemos continuado siendo, sea para bien o para mal, los mismos de siempre y que cambios especialmente culturales, simplemente nada, pese a todos los progresos sociales y económicos indudables.
Esta especie de “ser chilenos siempre”, pese a muchas de nuestras contradicciones fundamentales, podemos encontrar una serie de ejemplos innegables. En especial nuestra conducta después de una elección presidencial que hemos podido constatar una vez más como una película decenas de veces vista, que el libro describe a pie juntillas en boca de un presunto informante oficioso que asesoraba a la periodista extranjera: “Pelar al Gobierno es un deporte nacional en el país. O una tradición, si quiere expresarlo en términos británicos. El ciudadano manifiesta su voluntad despotricando contra las autoridades, sean cuales fueren. Cuando un presidente resulta elegido, goza de un breve período de popularidad. Tres o cuatro meses. Seis en el mejor de los casos. En seguida, hasta sus propios partidarios comienzan a quejarse de que no haya resuelto todo, pero todos, los horribles problemas que se dedicó a crear su antecesor”.
¡Eureka!… Un verdadero y trágico “dejá vu”. Una especie de “karma” político repetido una y otra vez durante más de medio siglo y quizás más, aunque es preciso reconocer que no somos los únicos afectados en América Latina. Basta con fijarse en como lo hacen nuestros vecinos allende Loa Andes que de descuerar a sus gobernantes pueden darnos clases magistrales.
Como el espacio concedido para esta columna es limitado no me es posible sumar nuevas referencias. Sólo me atrevo a mencionar los múltiples problemas que le significó a la presunta periodista “gringa” comprender nuestros intrincados modismos imposibles de traducir al inglés. Incluidos aquel que nadie se arriesgó a explicarle, como el enigma de “perder el apellido”.






