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EL IMPERIO DEL MIEDO

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Gran señor es el miedo, uno de los grandes gigantes más solapados, tenebrosos, feroces y destructivos del alma humana desde los tiempos de la Creación, cuyo presencia suele ser uno de los más grandes modificadores de la conducta de los seres humanos al inhibir tanto su acción como su reacción cuando se instala profundamente en su espíritu.La R.A.E. define a la dominación como uno de los sinónimos de “imperio”, además de todos los conocidos como su significado, y define el “miedo” como la angustia ante la percepción de un riesgo, sea real o imaginario. Conceptos que se relacionan directamente con la situación en que nos encontramos en nuestro país y que ha ido abarcando incluso más allá de nuestras fronteras a consecuencia de cambios abruptos en la relación con o entre otros países. Resumiendo: vivimos dominados por el miedo en nuestro interior y nos vemos enfrentados al mismo tiempo al temor a sufrir los coletazos de acciones y decisiones externas sobre las que no tenemos opción de participar y que se han transformado en una especia de espada de Damocles que pende sobre nuestras cabezas.
Vivir en un ambiente de amenaza inminente y persistente suele constituir una opresión insoportable, que no solamente limita nuestra libertad sino que nos desconcierta, impulsándonos a protegernos encerrándonos en nosotros mismos, limitando nuestras capacidades y nuestras fuerzas hasta niveles inimaginables. Nos deteriora como personas y perturba gravemente nuestro espíritu y nuestra voluntad hasta niveles insoportables que van incluso más allá de las consecuencias fisiológicas por todas conocidas y muchas veces experimentadas en carne propia.
En el fondo se trata de un infierno del que nos resulta muy difícil escapar sin contar con apoyos confiables y permanentes además de certezas que nos permitan depositar nuestros pies en terreno seguro. Esto es lo que realmente necesitamos en el momento presente como ciudadanos de nuestro país: que las fuerzan de orden y seguridad puedan cumplir su tarea a cabalidad sin temor a ser descalificados, enjuiciados y castigados por su proceder.
Todos sabemos que no es nada de fácil escapar del imperio del miedo. Se requiere evidentemente de una estrategia colectiva en la que reine la unidad entre todos los participantes sin dejarse arrastrar por prejuicios ni sesgos ideológicos que la entorpezcan y limiten en su accionar. Todos tenemos la obligación ética y moral de contribuir en esta lucha sin cuartel contra la delincuencia que nos limita y nos ahoga cada vez más.
No podemos olvidar que el miedo es un enemigo poderoso al que le hemos permitido enseñorearse de nuestro país y actuar en nuestra contra. En vez de que sean los delincuentes los que le tengan miedo a nuestras fuerzas de orden y seguridad hemos construido un mundo al revés. Somos nosotros lo que les hemos permitido a los delincuentes sembrar el miedo, frenando a aquellas fuerzas que luchan por protegernos, y nos hemos encerrado detrás de rejas para protegernos en vez de que sean ellos los que permanezcan tras las rejas.
Tenemos que conseguir de alguna manera que los delincuentes sientan miedo hacia las fuerzas de orden y seguridad del país que actúan defendiendo el Estado de Derecho que nos protege a todos, impidiendo que continúe reinando el desorden en el que nos encontramos. Es necesario empoderarlas, pero no solamente a ellos sino que a todas quienes ejerzan una función como autoridad, respetando jerarquías y estimulando las buenas relaciones a todo nivel, cada uno cumpliendo con la responsabilidad que le corresponda, incluidos todos los ciudadanos.
Para ello no podemos continuar confundiendo los derechos civiles con los derechos humanos: los derechos civiles son otorgados por el Estado mientras que los derechos humanos son universales y corresponden a todas las personas. De modo que el suprimir alguno de los derechos civiles de acuerdo decisiones tomadas por determinadas circunstancias no involucra la suspensión de un derecho humano desde el momento que constituye un bien para todo el país.
Se trata de una situación a tomar en cuenta especialmente por ejemplo en el caso del consumo de drogas en que todos sabemos que quien las consume se transforma inevitablemente en un cómplice de los narcotraficantes y que por lo tanto podría perfectamente ser multado no con dinero sino que la suspensión de algunos derecho civiles durante el tiempo que determine la ley.
Situación en la que no se estaría infringiendo ningún derecho humano, sino simplemente aplicando una prerrogativa inherente al Estado de Derecho que nos gobierna y protege a todos.

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