Inicio Agroindustria “Cava submarina” de Pichidangui proyecta 1.300 botellas de vino bajo el mar

“Cava submarina” de Pichidangui proyecta 1.300 botellas de vino bajo el mar

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Con 900 vinos actualmente sumergidos, la iniciativa liderada por buzos con amplia experiencia impulsa el envejecimiento natural, la exploración oceánica y el desarrollo turístico local en el sector de Isla de Locos, región de Coquimbo.

A varios metros bajo el mar, en una zona protegida de la bahía de Pichidangui en Isla de Locos, 900 botellas de vino reposan hoy en jaulas metálicas mientras el océano hace su trabajo. No se trata solo de conservación, sino de permitir que el vino evolucione bajo condiciones naturales únicas. Según la proyección del proyecto, la cifra llegará a cerca de 1.300 botellas al cierre del primer trimestre de 2026, reflejando el rápido avance que ha tenido la iniciativa en su primer año.

El proyecto es liderado por Alejandro Soza, director e instructor general de ODC Buceo y socio operacional de Cava Indus 8, quien explica que la idea no nace desde la industria vitivinícola tradicional, sino desde el buceo y el conocimiento del mar. “Más que pioneros, somos apasionados. Esto surge desde explorar y descubrir, y desde conocer muy bien el territorio donde estamos trabajando”, señaló.

La magia se desarrolla de manera colaborativa junto a Eduardo Rojas, socio del área estratégica y de gestión, quien aporta el vínculo con viñas y el desarrollo del modelo de negocio, y Carolina Soto, ingeniera agrónoma encargada del respaldo técnico del proyecto, la selección de cepas y la asesoría especializada en vinos aptos para la guarda submarina. “No cualquier vino sirve para este proceso, por eso el conocimiento técnico ha sido clave”, explicó Soza, destacando que el trabajo en equipo ha permitido que la iniciativa crezca de forma rápida y ordenada durante su primer año.

La elección del lugar es clave. El centro de buceo lleva 15 años operando en la zona, lo que permitió identificar un sector resguardado de marejadas, seguro para la operación y accesible tanto para buzos experimentados como para quienes se inician. La cava está emplazada detrás de la isla Huevos, un punto que actúa como escudo natural frente a las masas de agua y mantiene una estabilidad fundamental para el proyecto.

¿Por qué el mar?
El envejecimiento submarino se explica, según Soza, por tres factores principales. El primero es la temperatura, que se mantiene estable entre 11 y 12 grados durante todo el año, favoreciendo una evolución controlada del vino. El segundo es la baja luminosidad, que evita reacciones indeseadas en el líquido. Y el tercero es la fuerza cinética, un suave movimiento generado por las corrientes marinas que “mecen” el vino de forma natural, ayudando a integrar mejor sus partículas internas.

“Pensábamos que la presión iba a ser el gran protagonista, pero con el tiempo entendimos que estos tres elementos son los que realmente marcan la diferencia”. De acuerdo a la experiencia del proyecto y conversaciones con enólogos y sommeliers, un año bajo el mar puede equivaler a cerca de tres años de guarda en tierra, siempre que se trate de vinos adecuados para este proceso.
No cualquier botella puede ser sumergida. El equipo trabaja con una selección estricta, priorizando vinos “vivos”, generalmente con entre 3 y 5 años de antigüedad, ya que los vinos demasiado antiguos pierden la elasticidad necesaria para seguir evolucionando.

De la cava al arrecife
Uno de los hallazgos inesperados ha sido su impacto ambiental positivo. Las jaulas galvanizadas utilizadas —de oxidación lenta— se han transformado en un arrecife artificial, donde se han asentado algas, estrellas de mar y diversas especies de peces, algunas incluso en categorías de conservación. “Ha sido impresionante ver cómo llega la vida y se queda. Para nosotros es una señal de que el impacto es bajo y que el mar también nos acompaña”, comenta Soza.

Experiencias y servicios
Hoy, la iniciativa ofrece tres líneas de servicio. Por un lado, la venta de vinos que han sido envejecidos bajo el mar, para quienes no desean bucear. En segundo lugar, una experiencia turística que permite a personas —incluso sin experiencia previa— realizar un bautismo de buceo y rescatar su propia botella desde la cava, siempre bajo guía certificada y con reserva previa según las condiciones del mar. Y, finalmente, un servicio dirigido a viñas, que pueden guardar producciones pequeñas o mayores bajo el agua para luego destinarlas a distribución o venta especial.

“Esto va más allá del vino. Es abrir la puerta al mundo submarino, a conocer nuestro mar y a entender que Chile, con más de 6.400 kilómetros de costa, tiene un potencial enorme”, concluyó Soza.

 

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