La Región de Coquimbo vive una paradoja difícil de ignorar. Somos un territorio privilegiado por su geografía, su identidad cultural y su capital humano, pero al mismo tiempo arrastramos problemas estructurales que se repiten desde hace años sin respuestas de fondo. La sensación es conocida: se administra la urgencia, pero se posterga el futuro.
La sequía es el ejemplo más evidente. No solo ha puesto en jaque a la agricultura y la ganadería, ejes históricos de nuestra economía regional, sino que ha deteriorado la vida cotidiana de miles de familias que dependen del reparto de agua o de soluciones precarias para subsistir. La falta de una política hídrica de largo plazo, que priorice el consumo humano y el desarrollo sostenible, ha generado cansancio, desconfianza y una legítima frustración en las comunidades rurales.
A esto se suma una percepción extendida de abandono en áreas clave como vivienda , salud, seguridad y conectividad. Aumento de familias viviendo en campamentos, Hospitales colapsados, listas de espera que parecen eternas, transporte público insuficiente y barrios donde el miedo comienza a normalizarse. Fuera del eje urbano La Serena–Coquimbo, la presencia del Estado muchas veces se siente intermitente, distante e insuficiente.
Otro síntoma preocupante es la falta de oportunidades para los jóvenes. Muchos asumen que, si quieren progresar, deben dejar la región. Esa fuga silenciosa de talento no solo empobrece nuestro futuro, sino que evidencia una deuda persistente con la educación técnica, la innovación, la diversificación productiva y el empleo de calidad.
Sin embargo, sería un error reducir a Coquimbo solo a sus carencias. En medio de estas tensiones también emergen señales claras de esperanza: comunidades organizadas defendiendo el agua, cooperativas agrícolas innovando con menos recursos, emprendedores apostando por el turismo sustentable, la economía creativa y la ciencia astronómica. Existen capacidades instaladas y propuestas serias que muchas veces no logran el respaldo político ni institucional que merecen.
El 2026 se presenta como una oportunidad. No como una fecha simbólica, sino como un punto de inflexión posible. Para que eso ocurra, será necesario abandonar la lógica del parche y avanzar hacia acuerdos regionales de largo plazo: en gestión del agua, planificación territorial, descentralización efectiva y desarrollo económico sostenible. Menos promesas grandilocuentes y más trabajo serio, medible y transparente.
Coquimbo tiene todo para ponerse de pie. No desde la negación de sus problemas, sino desde la convicción de que pueden enfrentarse con inteligencia, colaboración y sentido de futuro. La esperanza no es ingenuidad: es una decisión. Y la región, pese a todo, aún tiene razones para tomarla.






