Existen expresiones registradas en la historia de la humanidad que nos revelan indefectiblemente lo poco o nada que hemos cambiado con el correr de los siglos. Una de ellas es justamente la expresión latina señalada más arriba, que significa “¡Qué tiempos, qué costumbres!”. Palabras emitidas hace más de 2.000 años, justamente en al año 63 A.C., por el político y filósofo Marco Tulio Cicerón en su calidad de Cónsul ante el Senado Romano, destinadas a denunciar la corrupción moral y política de la época.
Expresión que, a pesar de los siglos transcurridos, quien podría dudarlo, tendrían franca aplicación a nuestro mundo de hoy, no solamente en nuestro país sino que desgraciadamente también en todo el orbe. Así como el Cónsul romano la utilizó para expresar en forma sarcástica su indignación y decepción ante la decadencia de los valores, la pérdida de principios y los cambios negativos en la sociedad de su tiempo, de la misma manera todo hombre de bien debería hacerlo hoy sin temor ante la situación actual en lo que nos vemos insertos, que no pronostica nada bueno y mucho menos positivo en el futuro para nuestro país ni nuestra sociedad.
Para darse cuenta no hay que buscar ni mirar muy lejos. Basta con observar y comprobar el deterioro de la familia que se ha visto fragmentada en grado extremo, que cada uno ajusta a sus deseos y conveniencia, hasta transformarla en irreconocible en sus orígenes. Acomodos van y acomodos vienen que se proyectan inevitablemente a múltiples ámbitos en nuestra sociedad.
Muchos argumentan que no tiene nada de malo cambiar las cosas y que necesitamos “progresar”. Pero, ¿ De verdad que estos cambios han sido positivos y nos han transformado en mejores personas y más felices?. Satisfechos tal vez en alguno u otro sentido, pero ello no nos ha ayudado en absoluto a sentirnos más plenos y tranquilos. Reina en cambio el miedo a perder de una plumada todo lo conseguido. Nuestra vida pende a cada instante de un hilo, bailamos permanentemente en la cuerda floja confiando en que no se va cortar la cuerda.
Actualmente bailamos al compás de la música que nos ponen políticos dispuestos a todo para conseguir sus objetivos, que no son otros que el poder y el dinero. Por otro lado dependemos también de la maraña de hilos de la inteligencia artificial que no sabemos a ciencia cierta hacia donde nos va a conducir. Si vamos a transformarnos en seres más autónomos, gozosos y plenos en lo material y espiritual, o vamos a transformarnos en marionetas cuyos hilos van a ser manejados por otros con el alto riesgo de transformarnos en sus esclavos, sin saber si a la postre lo vamos a ser de otros hombres o bien de máquinas cibernéticas.
“¡Qué tiempos aquellos!”, dirán quienes recuerdan como eran las cosas antes de que nos enredáramos en medio de decisiones políticas desviadas de su objetivo fundamental: proporcionarnos a todos los ciudadanos un mejor bienestar, en vez de enfrascarnos en discusiones inútiles en busca de aplastar a la contraparte con el objeto de lucirse y ojalá destruirlo para abrirse paso hacia el camino del poder. Olvidando que todo éxito en política es de regla transitorio y conlleva con frecuencia la semilla del “pan para hoy y el hambre para el mañana”.
De lo único que podemos estar seguros a estas alturas es que tanto todas las consecuencias de nuestros errores, como del olvido de sembrar buenas semillas, nos van a salir al encuentro en cada paso que demos hacia adelante y que los lamentos no nos servirán de nada. Aquella frase del Nuevo Testamento que afirma que “de los arrepentidos es el reino de los cielos”, constituye una promesa divina, que desgraciadamente no rige en lo terrenal.
Acá las consecuencias resultan inevitables y más vale encararlas con la mejor cara y disposición posibles. Para ello sí vamos a necesitar tanto el apoyo divino como el terrenal, alianza con la que ojalá contemos en la actualidad y obtengamos los frutos que anhelamos, pero no va ser fácil ni exenta de renuncias y sacrificios.
Misión y tarea en a que nos encontramos insertos en la actualidad. Quien podría negarlo. En la que necesitamos ponerle el hombro entre todos. No hacerlo no solamente nos va a mantener estancados sino que nos vamos a hundir cada vez más en el fango de la inoperancia y la incertidumbre y obviamente que ninguno de nosotros desea que ello ocurra, tanto por nuestro bien como de nuestros descendientes. A ellos nos debemos en estos momentos. Vale la pena continuar luchando para proporcionarles una base sólida desde donde puedan despegar. ¿Qué padres no desean que a sus hijos les vaya mejor que a ellos en la vida de cara a un mejor futuro?.

