Sobre la humilde carreta campesina de nuestros campos se han escrito infinidad de cosas a lo largo de nuestra historia, en especial en lo relacionado a su estructura aunque en cuanto a su utilidad no ha experimentado tantos cambios desde aquellos tiempos coloniales, aunque no por ello no se la sigue reconociendo como uno de los vehículos más nobles utilizado en muchas actividades al interior de los predios agrícolas de nuestro país.
Cuenta la historia que el uso de la carreta se remonta en Chile a los primeros años de la conquista. Es así como el año 1550 Bartolomé Flores, en su información de servicios exponía que se había hecho el primer molino “y las primeras carretas que en ella se han hecho”. Años después el Cabildo en sesión del 6 de diciembre de 1555 nombraba proveedor de las carretas que se construían a Diego Gómez, carpintero “al cual se le dio poder complido para que use y ejerza el dicho oficio, y haga y lleve por razón de ello, los derechos que por ello pertenecen”.
Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente y hoy resulta evidente que por su lentitud y sus ruedas metálicas además de la picana con clavos del carretero, ya no se adaptan al siglo en que vivimos, en que la locomoción en carreteras pavimentadas o asfaltadas se mueve vertiginosamente, creando un ambiente que puede afectar a los bueyes además que debido a la lentitud de sus grandes ruedas metálicas constituyen un alto riesgo para la circulación vehicular además de producir daños a la ruta.
A pesar de ello aún se le continúa considerando un símbolo recurrente de la actividad campesina que ha sido acogida en muchas obras literarias desde antigua data, entre ellos los cuentos criollos de Mariano Latorre. Como vehículo para cargas pesadas, fue adquiriendo con el tiempo formas diferentes de acuerdo a la necesidad y el lugar de trabajo. Así fue por ejemplo como nació la carreta “chancha”, pequeña y angosta para transitar por las huellas cordilleranas, permitiendo al carretero sacar sus productos desde lo más recóndito de la montaña.
A todo esto, no deja de ser interesante un pequeño relato, al que tuve recientemente acceso por casualidad, que nos habla de un joven que caminaba con su padre, quien se detuvo en un recodo del camino y después de un breve silencio le pregunta al joven: “¿Además del cantar de los pájaros, escuchas alguna otra cosa?”. El joven agudizó su oído y algunos segundos después le respondió: “ Estoy escuchando el ruido de una carreta?”.“Eso es”, le respondió el padre. “Y se trata de una carreta vacía?”. A lo que el hijo respondió: “¿Cómo sabías que es una carreta vacía si aún no la hemos visto?”. A lo que el padre respondió: “Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía debido al ruido que hace. Cuando más vacía está la carreta mayor es el ruido que hace”.
Con el correr del tiempo, cuando el joven observaba a una persona haciendo bastante ruido, hablando, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene, actuando en forma prepotente y menospreciando a los demás, no podía sino recordar y comprender a través de las palabras de su padre: “Cuando más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace”, que la humildad y la sencillez consisten en callar nuestras virtudes y permitir a los demás que lleguen a descubrirlas en ellos mismos y los demás.
Es bueno y atingente recordarlo en medio de tantas declaraciones altisonantes que escuchamos cada día, portadoras habitualmente de un gran vacío interior, que queda en evidencia pese a todo el ruido que generan a su alrededor. AL QUE LE VENGA EL SAYO QUE SE LO PONGA.

